Nota de Veintitrés

La idea era estrafalaria. Michael Jackson quería convertirse en un monstruo, y para solventar el capricho había que gastarse medio palo verde, diez veces más de lo habitual. La intención era producir un videoclip de la principal canción de un disco que por entonces ya se había convertido en el más vendido de la historia. Pero Michael –cuya palabra era proferida desde su cetro de Rey del Pop– estaba obsesionado con el trabajo de Rick Baker, el director de efectos especiales de Un hombre lobo americano en Londres, la película del ascendente director John Landis.

“¿500 mil dólares para hacer un video sobre la vanidad de Jackson? ¡Ni loco!”, le dijo el presidente de la discográfica CBS Records, Walter Yetnicoff, a Landis. “Con el disco, ya hicimos toda la guita que debíamos hacer. Fuck you!”. La historia determinaría que Yetnicoff le errara por un tantito. Pero nadie, nadie, imaginó que ese video cambiaría la manera de ver música en todas las culturas del mundo globalizado.

El 2 de diciembre último se cumplieron 30 años del video musical de terror clase B llamado “Michael Jackson’s Thriller”. Michael quería poner el billete, tenía 25 años, todavía vivía con su padre. Pero al productor, George Folsey Jr., se le ocurrió una alternativa: podían vender un making of a los flamantes canales de cable. Harían un combo: 15’ de videoclip + 45’ de trastienda. Lo ofrecieron a MTV, que se negó. Cuando Showtime dijo que adelantaría la suma, MTV volvió al pie y ofreció el oro y el moro. Landis hurgó en el armario de Joe Jackson, el oprobioso padre abusador de The Jackson 5, y crearon el agregado a la peliculita ególatra para su hijo más talentoso.

El disco Thriller ya llevaba un año en la calle y videos como “Billie Jean” y “Beat it” habían pegado en la cultura estadounidense, una nación que se sacaba los borcegos luego de la debacle del ’79: crisis de rehenes en Irán, crash petrolero, invasión soviética en Afganistán.

El día del estreno del videoclip, MTV tuvo que reponerlo cada dos horas. El costo definitivo había crecido a 800 mil dólares. Se contrataron 40 maquilladoras para caracterizar a los bailarines que harían de zombies –y que ensayaron semanas enteras, todo pago–. Convocaron también a dos oriundos de St. Louis, Missouri: de la dulce niña enamorada –y aterrorizada– por Michael hizo Ola Ray, Miss Junio 1980 de la revista Playboy; el inefable actor Vincent Price no mostró ni su bigotito anchoa ni su mirada malévola, pero hizo un rap de antología y sumó su risa mefistofélica, que el director imprimió sobre los ojos de gato de Michael congelados en la escena del final.

En 1983, John Landis tenía sólo 33 años, y había creado –según él– una relación casi paternal con Michael. Tanta empatía los hizo inmiscuirse, junto con Folsey, en el estudio de grabación a las 3 de la mañana para “tomar prestado” el master de la canción y reproducirla en el video, a espaldas del mítico productor del disco, Quincy Jones, que se negaba a donarlo.

“La mayoría nunca notó que la música del videoclip es diferente a la del álbum. En el disco, la canción dura tres minutos y medio, y en el videoclip son once. La modificamos totalmente, pero sobre la misma pista”, contó Landis cuando visitó la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica en Buenos Aires, el 27 de noviembre pasado.

Landis vino a la Argentina invitado como maestro del 28º Festival de Cine de Mar del Plata. En la Feliz, el programador Pablo Conde seleccionó seis películas de su cosecha, entre ellas grandes hitos del humor progre durante la Reaganomics conservadora de los ’80: The Blues Brothers (1980), Un hombre lobo… (1981) y Three amigos (1986), con Chevy Chase y Steve Martin. Durante el festival, que se realizó entre el 16 y el 24 de noviembre, Landis –que vino acompañado por su esposa, la prestigiosa vestuarista Deborah Nadoolman– habló en una pequeñísima rueda de prensa.

“Fue una oportunidad genial –dijo, respecto de “Thriller”–. Michael me llamó y me dijo que quería sufrir una metamorfosis, que hiciera lo que quisiera mientras usara la canción y lo convirtiera en un monstruo. Creo que ‘Thriller’ es tonto, pero Michael era brillante. Más bien, fue una figura trágica: un chico abusado, claramente autodestructivo, que se mutiló a sí mismo. Ocho años después hice con él el video de ‘Black or White’, pero ya se había hechos cosas muy raras. Por ejemplo, era de otro color”. Landis ríe con el chiste que no es chiste, y goza de cierta impunidad: nadie le hace notar que demandó a Jackson por regalías no percibidas durante 14 años por 2,3 millones de dólares. Para algunos fans que se expresan en redes sociales, Landis es mala palabra. El pleito se cerró con un acuerdo fuera de los estrados en 2012 por un monto desconocido.

“Debo decir que odio a Jackson padre. Michael era un tipo triste, pero cuando actuaba en vivo era increíble. En la vida real era ligero, delgado, no tenía presencia: podía estar sentado en esta habitación y no lo notaríamos. Pero cuando se encendía era ¡pum!, explosivo. Como Elvis. O Sinatra. U Otis Redding. Michael era así de especial. Un talento superlativo encerrado en el cuerpo de una figura trágica”.

John Landis tiene una formación netamente pragmática: todo lo que aprendió lo aprendió en el set. En 1969, tenía 18 años cuando se fue a trabajar a la Yugoslavia del Mariscal Tito como asistente en una película estadounidense concebida como parodia militar, El botín de los valientes (Kelly’s Heroes). Pasó los dos años siguientes filmando spaghetti westerns en Italia y en Almería, España, cuando en la península ibérica se filmaban 400 películas por año. Hizo de todo: “Una vez me contrataron como doble de riesgo para caerme del caballo, y desde entonces no paré: me mataron como en 150 películas”. La España de Franco en los ’60 era tal atolladero cinéfilo, que otra vez fue contratado como extra en Érase una vez en el Oeste, de Sergio Leone. Allí conoció a Claudia Cardinale y a dos jóvenes críticos de cine, los guionistas “muy joviales –contó Landis en la masterclass– que se la pasaban bien todo el tiempo: Bernardo Bertolucci y Dario Argento. No sé qué habrá sido de esos chabones”.

Siempre hay una vuelta de tuerca en el diálogo con Landis. Como en sus películas. Él dice que sus sátiras abrevan tanto en Los tres chiflados como en la autoparodia de la cultura idish, tanto en Moliere como en su escritor favorito, “el marxista” Twain: “Mark Twain es mi héroe. Connecticut Yankee (Un yanqui en la corte del Rey Arturo) es un libro escalofriante; planta en la Europa medieval artefactos modernos: ametralladoras, cercos eléctricos… Lo que fascina es que, siendo el libro predilecto de Franklin Delano Roosevelt, el concepto central de New Deal sale de ahí. Era ‘el New Deal para los campesinos de Inglaterra’. William Deanhouse, un crítico famoso en su época, dijo que el libro fue escrito con ‘una pluma calentada en el infierno’. Twain ataca a todos: la Iglesia, la aristocracia, la Revolución Industrial. Para mí, Connecticut Yankee es El Capital de Estados Unidos”. Landis intentó llevar el relato a la pantalla varias veces, pero siempre erró el tiro. “No pude porque mi actor estrella –una vez tenté a Bob Redford, otra a Mel Gibson, otra a Burt Reynolds– no quería volverse tan malo”.

La filmografía de Landis concluye, por ahora, en 2010 con Burke & Hare, una comedia sobre dos ladrones de cadáveres que existieron realmente en la Edimburgo del siglo XIX. Pero a fines de los ’70 y durante toda la década de los ’80, Landis trabajó con la flor y nata del humorismo norteamericano. En Colegio de animales (1978) y en The Blues Brothers lo hizo con John Belushi y Dan Aykroyd; en Three amigos, con Steve Martin, Chevy Chase y Martin Short. “John Belushi fue un actor maravilloso –recordó en Mar del Plata–. Es cómico, porque no era gordo, como decían, sino una estrella de fútbol americano de origen albanés. Le decíamos que era fuerte como un tractor e inteligente como un toro. Lo terminó matando la cocaína”.

Tal vez por sostener un criterio diferente a la cinefilia local, las películas favoritas del cable argentino son las que Landis hizo con Eddie Murphy. El año del estreno de “Thriller” presentó De mendigo a millonario (Trading Places), y en 1988, Un príncipe en Nueva York. En aquella época, la parodia era un acicate contra y –al mismo tiempo– dentro del sistema hollywoodense; aún así significaba un plantar bandera ante la prepotencia de los neocons y su amenaza de Guerras de las Galaxias con la URSS: “De mendigo a millonario es sobre el capitalismo, y más aún sobre las clases. El poder de Estados Unidos reside en que allí habitan todas las personas del mundo. Hay yanquis europeos, hispanos, africanos. Ese es nuestro poder: está todo el mundo. Lo que pasa es que cuando tienes a todos, tienes lo mejor y lo peor de todo. Una de las razones por las que tenemos el Tea Party y toda esta gente loca es que tienen miedo, no quieren que Estados Unidos sea un país hispano. El tema hoy en día en Estados Unidos es la clase. O el dinero. Para ellos, Oprah Winfrey es como una reina porque está llena de guita. Es decir, dejó de ser negra”.

Landis nació en 1950 en Chicago, Estados Unidos, pero a los cuatro meses sus padres se mudaron con él al meollo de la pujante industria cinematográfica: Los Ángeles. Cuenta que se crió con la idea de que la nieve era un lujo, hasta que estuvo en Vizinada, la ciudad croata que lo cobijó en 1969 mientras participaba de El botín de los valientes junto a Clint Eastwood, Telly Savalas y Donald Sutherland. Con el último filmaría en 1977 una de sus primeras obras, The Kentucky Fried Movie, una película que se proponía “poner patas arriba los géneros de los setenta: el cine catástrofe y de artes marciales, la blaxploitation, las películas de mafia y el porno”, según definió la guía del festival: “El choque cultural es la esencia de todo drama. Cuando viajas por el mundo, te das cuenta de que en todos los países se cuentan bromas sobre otro país u otra raza. Los franceses sobre los belgas, los ingleses sobre los irlandeses, los argentinos sobre los gallegos. Lo interesante es que dondequiera que vayas son las mismas bromas, sólo que son otras las víctimas. Una de las cosas maravillosas de la cultura idish es que crearon un lugar, un shtetl llamado Helm, donde son todos idiotas y siempre se cuentan los mismos chistes. Eso me interesa. Porque tienes dos formas de reaccionar ante la realidad: el humor o el suicidio. Creo que con esas dos opciones trata de lidiar el arte.