Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963) tiene una extraña virtud: no pasa desapercibido. Ha logrado imponerse en la memoria de los lectores con algo muy simple de enunciar y muy complejo de lograr: un estilo de escritura reconocible. Periodista, escritor, editor, traductor, prologuista, en fin, toda una vida dedicada a la lectura y la escritura le dan espalda necesaria para darle forma literaria a sus obsesiones, que son muchas, y que eso se convierta en libros, que también son bastantes. Historia argentina, Vida de santos, La velocidad de las cosas, Esperanto, Jardines de Kensington, Mantra y El fondo del cielo son las ficciones que produjo mientras el campo literario argentino e internacional se ampliaba y modificaba sus leyes y las nuevas tecnologías invadían casi todos los cuerpos y sensibilidades del planeta Tierra. Dos de los temas que más están presentes, de forma negativa y venenosa, en La parte inventada, su nueva novela que por estos días comienza a distribuirse en las librerías. Detalles más adelante. 

Pero no es por ahí por donde empezamos a dialogar. Sino por su relación con el lenguaje y el hecho de residir en el extranjero, en Barcelona, desde hace más de diez años.

–Siendo argentino, ¿cómo te sentís respecto de tu escritura y el trabajo con la lengua teniendo en cuenta que vivís hace tiempo en España? 

–Me siento feliz en ese sentido. La profesión de escritor tiene algo de viajero en el mismo acto de escribir. Por más que estés en tu casa, en otro lado, no es importante el lugar. Creo que es bueno moverse de tanto en tanto porque estás todo el tiempo sentado entonces está bien que el resto de tu vida experimente algún movimiento que te obligue a percibir las cosas de una manera nueva. Una de las ventajas de ser escritor argentino es que no hay ataduras: somos muy privilegiados. Incluso partiendo de la base que la literatura argentina sea una de las grandes tradiciones literarias de todo el mundo que está apoyada en el fantástico. Y sobre el cuento más que sobre la novela. Donde las grandes novelas argentinas son muy extrañas formalmente. Me parece ridículo no aprovechar eso y encerrarte en un rótulo y envolverte en una bandera. De todas maneras, nunca me preocupé por una lengua o un decir argentino. Mi idioma es el de las series norteamericanas dobladas en México: ese español neutro con una entonación rara. Me siento cómodo en ese lugar y en esa no nacionalidad. 

El Escritor, se preocupa de tonterías como denunciar las redes sociales. Yo eso lo ignoro, no me interesa ni me despierta ningún tipo de pasión.

Rodrigo Fresán hizo su aparición en la literatura nacional ni bien se inauguraba la década del '90 con Historia argentina, un libro de cuentos que vendió mucho, algo inusual para un debut, y que se desmarcaba de todo lo que se estaba haciendo en esa época. Dice el escritor y periodista Patricio Pron al respecto: "Para comprender el tamaño de la revolución propuesta por Fresán habría que llevar a cabo el ejercicio (absolutamente desmoralizador, por otra parte) de regresar a la prensa cultural del momento de su aparición como autor y ver qué escritores y qué temas caracterizaban la literatura de la época. Que esos escritores y esos temas ya no la caractericen es un mérito de Fresán y de otros autores de su generación, y creo que deberíamos estarles agradecidos por ello, porque lo que había antes (con ciertas excepciones, por supuesto) era pésimo, realmente penoso”.

–Desde tu primer libro mostraste los materiales con los que fuiste trabajando en tus obras posteriores. 

–Me siento privilegiado porque sigo reconociendo mi primer libro como mío. Me parece que envejeció bien. Cuando salió al otro día estaba primero en ventas. Y no sé si eso pasó alguna otra vez y creo que no va a  volver a pasar. Para mí fue genial porque fue una fantasía con la que no soñaba. Y con los años pienso que es algo que no quiero que me pase otra vez: ya lo viví. Y cuando no se repitió con el segundo libro, Vida de Santos, para el editor fue decepcionante y para mí liberador porque me di cuenta que no tenía que escribir siempre sobre lo mismo. Yo la pasé genial: fue una felicidad. Y me parece que algunas personas no me perdonan esa felicidad. 

–¿Cómo metabolizaste la escritura del periodismo cuando hiciste tus primeras ficciones?

–Las separaba y lo llevaba muy bien. Pero el periodismo cada vez me cuesta más por estar grande, por cansancio. El periodismo es un oficio joven, es muy exigente. Pide mucho entusiasmo, concentración, interés en cosas que no te interesan.

–Hablemos de tu estilo de escritura. 

–El proceso de la formación de un lector y un escritor es similar. Primero te preocupa el héroe, después el modo en que la trama se organiza, después el autor, y el estilo es la última preocupación a la que se llega. Lo lógico y sano es no pensar que vas a ser un gran estilista. El estilo propio es la sumatoria de una serie de ensayos y de errores. Nunca te sale exactamente lo que pensaste que querías hacer. Y muchas veces de esas imperfecciones o esas alteraciones surge el estilo. El estilo es la guerra y los libros son sucesivas batallas. 

–Con Mantra encontrás la estructura de tres partes que fuiste utilizando en tus novelas posteriores. 

–Eso viene de una canción y una película: A day in the life de The Beatles, cuando lo escuché a los seis años me impresionó muchísimo, y 2001: A Space Odyssey de Stanley Kubrick. Me gusta la estructura en tres partes. La santísima trinidad. Y Mantra fue muy importante en el sentido en que fue un encargo. Era algo que yo pensé que nunca iba hacer. Decidí darle la vuelta al asunto. Dije: como es un encargo me voy atrever a hacer absolutamente todo lo que no hago en un libro mío por pudor o precaución. Esa fue la primera decisión. La segunda fue: ¿cómo puedo contar a México? Me interesaban los luchadores enmascarados, los escritores que habían escrito sobre México, las telenovelas, los Sea Monkeys, los grabados de calaveras de José Guadalupe Posadas. Metí todo. Que en algún punto es eso el DF: una especie de melting pot monstruoso. Fue muy liberador. De todas maneras, hay un libro muy importante para mí que es La velocidad de las cosas, que tal vez es el libro más relacionado con La parte inventada. La velocidad de las cosas son cuentos sobre los que yo irradio el material radiactivo de la novela y veo qué pasa. Y La parte inventada es una novela sobre la que yo irradio el material radiactivo de los cuentos y a ver qué pasa.

–¿Cómo trabajás las partes técnicas de una novela en cuanto a la creación de los personajes?

–Antes se me ocurrían tramas e historias y probablemente era una persona más feliz. Desde La velocidad de las cosas se me ocurren frases sueltas, ideas, lugares, una determinada acción, y el trabajo es ver dónde encaja todo eso. En ese sentido, las siete partes de La parte inventada estaban abiertas y era como jugar al solitario: sacar una cosa de aquí y ponerla en otro lado. Si bien el libro está en contra de las tecnologías, es un libro que no podría haberse escrito sin el word processor. Es imposible escribirlo en sucesivos manuscritos. De hecho sigo agregándole cosas para la edición de bolsillo: pequeños inserts. Pasa que es una idea que yo tenía de antes de El fondo del cielo. Y La parte inventada es un título del cual estoy muy orgulloso, no sé si del libro. Me parece un título genial. Lo digo con todas las letras y con plena seguridad. De hecho, cuando se me ocurrió fui a Google y lo puse en todos los idiomas posibles porque no podía creer que no existiese.

La parte inventada es una ficción que intenta meterse en la mente de un escritor y que quiere rastrear el momento ascendente en el que nacen todas las historias y el período descendente en el que la vida se destruye. Y esta nueva novela viene a demostrar que Rodrigo Fresán no anda detrás del tema del momento sino que él siempre estuvo atento a lo que su propio pulso rítmico le dictaba. En algún sentido se convirtió en el tipo de escritor que le gusta: el que empieza y termina en sí mismo. Esto no siempre fue visto como una virtud por las nuevas generaciones de escritores argentinos. Patricio Pron vuelve a decir con claridad:    "Me gusta y me interesa la obra de Fresán, aunque llegué a esa obra tarde, en buena medida debido a los prejuicios que en algún momento existieron acerca de su autor y que (creo) ya no existen, posiblemente debido a que por fin ha comenzado a ser leído como lo que es: una parte fundamental de la literatura argentina de los últimos 20 años."

–¿La parte inventada funciona en algún sentido como una suerte de autobiografía dónde exponés tus intereses de este último tiempo?

–Suave es la noche de Scott Fitzgerald es una novela que me gusta mucho pero no es una de mis obsesiones. Wish You Were Here de Pink Floyd sí es una de mis obsesiones. Bob Dylan me sigue obsesionando. Cumbres Borrascosas es una de mis obsesiones. Después está lo de Chejov, que es un problema para mí: fue genial en su momento pero sus epígonos son mejores. Cheever es mejor que Chejov. Pero no soy yo el del libro. Yo no tengo la parte lúdica o diatribesca contra las nuevas tecnologías. Pasa que me interesaba que el personaje tuviera un enemigo que de algún modo ponga en evidencia la cobardía del personaje. En vez de batirse contra tener que escribir una gran novela, el personaje, El Escritor, se preocupa de tonterías como denunciar las redes sociales. Yo eso lo ignoro, no me interesa ni me despierta ningún tipo de pasión. El otro elemento distorsionador es que no tiene un hijo y esa es la gran diferencia. El personaje sucumbe a una idea adolescente y se quedó en eso. En cambio, yo tengo un hijo y estoy enamorado. 

–¿Por qué pensás que se te confunde con tus personajes?

–La gente es cada vez más sencilla en esas cosas. Tiende a pensar que lo que uno escribe pasó. Un poco raro, ¿no? La gente tiene esa relación con la literatura porque tal vez se lee menos. Me pasó que una persona me dijo: no leo novelas porque no me gusta que me mientan, entonces leo ensayos. ¿Vos pensás que un ensayo te dice la verdad? No lo entiendo eso. La gente está cada vez más simple en el peor sentido de la palabra.

–¿Qué tipo de lector imaginás para La parte inventada?

–Me gustaría que fuera alguien muy parecido a mí pero siempre un poco más inteligente. Es mi idea de lector ideal. Y hay, por suerte.

–¿Te parece que en todo este tiempo te han leído bien?

–Me parece que mucha gente no me ha leído o me ha leído mal y ha escrito sobre mí. Percibo que soy una incomodidad: no saben dónde ponerme. Porque todas las etiquetas que me pusieron no pegan bien, se despegan enseguida. Creo que esa dificultad me hace pertenecer a una tradición argentina que está llena de escritores raros. Y está buenísimo que seamos todos freaks. No hay uno normal. Y todos son pop.

La parte inventada

Los lectores electrónicos, supuestamente, contribuyen a facilitar y acelerar la experiencia de lectura pero, en realidad, parece ser, acaban quitando las ganas de seguir leyendo. Pero –antigua noticia de último momento, paren las rotativas– seguimos leyendo a la misma velocidad que leía Aristóteles. Más o menos unas cuatrocientas cincuenta palabras por minuto. Así, toda esa externa velocidad eléctrica a nuestra disposición acaba estrellándose contra nuestra pausada electricidad interna. Es decir: las máquinas son cada vez más veloces, pero nosotros no. Vivimos y creamos empeñados en aumentar la capacidad de máquinas para almacenar un número de libros que jamás alcanzaremos a leer. Visto así, a mí me parece que el libro de papel está más cerca de nuestro ritmo (hay noches en que envidio profundamente el entorno del siglo XIX a la hora de leer novelas decimonónicas a la luz de las velas) y, por favor, hay alguien en la sala que pueda explicarme cuál es la gracia de leer y filmar y mirar por teléfono y cómo es que en los últimos años evolucionaron tanto los teléfonos y tan poco los aviones, ¿eh?

Una novela escrita con la intención de abarcarlo todo

Fragmento perteneciente a la novela La parte inventada, páginas 511 y 512


Qué es posible lograr dentro del formato novela? ¿Cómo manejarse dentro de un territorio tan monstruoso por todas las posibilidades que ofrece? Una de las potenciales respuestas la da la nueva novela de Rodrigo Fresán: La parte inventada (Mondadori). 

¿Por qué? Bueno, sencillamente porque en ella están puestas de forma extensa y ambiciosa siete partes y formatos de una misma historia sin que ninguna tenga mayor importancia que la otra. La relación se da por contigüidad y por actuar en diversos planos de un mismo movimiento creativo y omnívoro. 

Hay una intención de abarcarlo todo con una confianza ciega en la capacidad de la ficción de convertir lo cotidiano, y la data, en algo épico. Un niño casi se ahoga y descubre su destino, una familia demencial, un chico enamorado, una loca, un escritor ya sin nafta para crear la emprende contra los readers y las redes sociales, un objeto misterioso y definitorio, Tender Is the Nigth de Scott Fitzerald, Pink Floyd, la paternidad, Bob Dylan y la lista sigue. ¿Cómo encaja finalmente todo esto? Esa es la tarea, el trabajo duro, que emprende Fresán en su nueva obra. 

En quinientas cincuenta y nueve páginas de una prosa que ya es una especialidad de la casa, digámoslo: un estilo "fresaniano", se nos muestra un mundo que no tiene ninguna referencia con el tipo de realismo que se pretende callejero y externo sino que cada uno de los elementos que la componen logran remitir nada más que a sí mismos. En ese sentido elabora su verosímil. 

De esta manera, también, se conforma un mundo, un universo reconocido a partir de las recurrencias, los materiales, los personajes, en una palabra: obsesiones, con los que viene trabajando desde hace mucho tiempo este escritor. Con estos procedimientos, la maquinaria que construyó Fresán, esta vez en su máxima potencia, delimita el tipo de lector al que apunta: alguien familiarizado con su voz y sus modos de construir sentido. Pero también alguien a quien le gusta ingresar a un universo repleto de links hedonistas.