Por Miguel Russo

Parecía que no, pero sí. Hace unas semanas, el recuadrito con el anuncio –ángulo superior derecho de la pantalla de la Televisión Pública– desató los comentarios, todos posteriores al “vuelve, ¿viste?”. Y mañana vuelve, novena temporada, esa sorpresa enloquecida que comandan Diego Capusotto y Pedro Saborido: Peter Capusotto y sus videos.

Capusotto no quiere repetir locuras periodísticas de temporadas anteriores y decidió armar un continuo de entrevistas en un solo día y en el canal, lo que motivó que las normales ojeras del actor se multiplicaran así como iban pasando las horas y los cambios de periodista detrás de un micrófono que, para él, se prolongaba infinitamente. La propuesta de hablar de otra cosa en los minutos previos a la entrevista parece irrevocable. “¿De fútbol? –pregunta Capusotto–, ¿justamente de fútbol, no sabés que soy de Racing?”. No hay duda, mejor meterse de lleno en el reportaje.

Un programa que si algo tiene de atractivo, es que empezó de una manera y fue convirtiéndose en otra cosa, con más intensidad y más peso para nosotros de lo que fue al principio.

–Bueno, al final, tan complicado como el fútbol debe ser tratar de hacer humor nueve años seguidos…

–Y mucho antes, en el caso nuestro desde los años de Cha cha cha. Lo que pasa es que fuimos encontrando distintas épocas y distintos momentos de uno, ¿no? Y tampoco uno se cansa porque esto, digamos, no es como si fuese un trabajo horarial.

–¿Horarial?

–Pongamos, ¿verdad?, siempre es bueno usar este tipo de palabras en un reportaje. Pero, sigo, no se trata de que el resultado final sea nada más ni nada menos que la paga a fin de mes, sino que es algo que está más relacionado con la propia necesidad y con la propia mirada que uno tiene del mundo y del tema del humor. Cómo te posicionás y cómo te amigás con la vida o accionás frente a ella. Sentís una especie de importancia haciendo esto que nosotros hacemos, con Pedro Saborido o con toda la gente que actué desde que empecé con esto. Fui tomando espacios de actuación antes de la televisión, cuando laburaba en dúos siendo pibe y arrancando en esto. Es lo que uno siempre dice: estar como elegido en cierto punto. Lo demás es supervivencia. Esto no me cansa, todo lo contrario. Uno también es un ejemplo de conducta, casi podría decir.

–Con relación a los horarios que usted mencionaba, el programa parece el producto terminado, el éxtasis de ese producto. Sin embargo, viendo el programa, parecería que esos clímax están en otro momento: a veces cuando se tienta con un personaje o una frase…

–Sí, puede ser, puede ser. Me parece que hay una idea que es la que empuja, la que hace circular la cosa. Y después, bueno, el tema es que en el programa, en la estructura, aparecen distintos personajes y hay una cosa que explota o que ilumina más que otras. Después hay una idea que direcciona y que la va llevando adelante esta especie de álter ego mío que es Peter Capusotto.

–El que analiza la cosa…

–El que analiza o el que se torna una especie de presentador, como si él fuera en definitiva un poco el dueño de todas esas criaturas. O, a lo mejor, es el loco que se convierte en cada uno de esos tipos o el dueño de esa especie de zoológico en el cual andan todos los bichitos como una suerte de mundo privado. Ya a esta altura ni siquiera los presenta, que sería como la mediación más convencional: “Y ahora con ustedes....”. Simplemente evoca, deja fluir esa especie de pensamiento que circula y le da también identidad propia a Peter, más allá de su rol de cicerone. Y eso lo fuimos logrando a medida que íbamos haciendo el programa. Un programa que si algo tiene de atractivo, es que empezó de una manera y fue convirtiéndose en otra cosa, con más intensidad y más peso para nosotros de lo que fue al principio.

–¿Cómo fue ese principio?

–Me parece que fue como una banda que toca en un garaje y saca o encuentra un sonido y después ese sonido lo va engordando. Y después tiene la posibilidad de que ese sonido se convierta en otra cosa o de ir agregando a ese sonido otros instrumentos. Digo, a mí me gusta más la fusión que un sonido único que se repita.

–En ese engorde del que habla, en esa suerte de Lennon-McCartney que son usted y Saborido, ¿llega un momento en que ya no saben qué es de uno y qué es del otro en la construcción de personajes?

–No, creo que hay una unidad. Es una pertenencia eso; nunca lo vi en esos términos de mío o suyo, es de los dos. Hay una predisposición que tenemos para con lo que se nos ocurre que tiene la misma intensidad. Que ya a esta altura es un sello, que es el programa en general y cuyas cabezas centrales somos Saborido y yo. Pero además desprende un montón de gente que es parte del asunto. Yo entiendo las cosas en función de banda. No creo que sea exclusivamente el programa de Pedro y mío. Hay un equipo de gente que siente que tiene una pertenencia no desde lo estrictamente técnico o de lo colaborativo, sino que está formando parte de un ritual que se genera cuando estamos haciendo el programa antes de que eso que estamos haciendo empiece a pertenecer al afuera. Entonces, ahí sentimos la sensación de banda, cuando somos menos personas en un estudio chico o más en uno grande: hay algo que se está haciendo y ese algo atraviesa a todos los que estamos ahí, a cada uno con su rol, que es la manera de efectivizarlo.

–¿Cómo es eso?

–Claro, seguir una estructura. Una estructura que yo también tengo con Pedro. El mecanismo de creación es que cada uno de nosotros dos tenemos un cuaderno donde yo anoto y él anota. Cuando nos juntamos: yo tiro lo que se me ocurrió y él hace lo mismo. Después él guiona todo eso que volcamos y yo le pongo el cuerpo. Es así.

–¿Se escapa a veces de esos guiones?

–No, no. A veces agrego en función de eso que está escrito y de esa idea…

–... esa idea madre.

–Bueno, no dije “madre” porque no quiero estar metiendo a mamá en todos lados, ¿no? Ya bastante tenemos la condena de la madre, ¿verdad? Pero la cuestión, volviendo al tema, es que sí, se puede agregar algo a la idea directriz. Después, por ejemplo, cuando hacemos Violencia Rivas, lo último que dice el personaje a cámara es algo que invento yo. Pedro escribe todo el guión y me deja ese espacio para sintetizar al personaje ahí. No, perdón, no es una síntesis, sino la despedida del personaje. Violencia Rivas quiere despedirse diciendo eso, quiere que al espectador, cuando ella se vaya, le quede funcionando aquello que fue dicho. Y Pedro me lo deja en blanco para que yo invente, expulse.

–Despedida que muy pocas veces tiene que ver con el humor, sino más bien como un mazazo que deja groggy al espectador.

–Sí, es cierto. Es una cosa que nosotros aprovechamos para escapar de esa obligación, de esa cosa de ser policía del humor donde uno tuviera todo el tiempo la consigna de tener una especie de simpatía donde todo debe terminar bien. Pero estamos hablando de humor, y a Pedro y a mí nos sirve que Violencia Rivas tenga esa expresión de alguien dolido y que devuelve el dolor.

–¿Hay momentos de broncas dentro del programa?

–No, a ver, en todo programa donde está depositada mucha energía y mucha elección de lo que se está haciendo; en todo programa donde deben resolverse cosas, que a veces cuestan más de lo que parece; en definitiva, en todo laburo, hay malos días. Pero son confrontaciones que son parte del propio ritual. Confrontaciones que se desvanecen rápidamente y que no quedan archivadas en algún lugar para que cuando vuelvan a explotar lo hagan de la peor manera. Son cosas que se resuelven al toque porque son parte de la propia dinámica que está funcionando y circulando allí. Dinámica que es fuerte porque te podés reír, pero también hay algo que no sale o algo que se dispersa o no se encuentra la predisposición de alguno de nosotros. A ver: también nos deprimimos, nos pasan cosas, nos alejamos de ese respeto que uno debe tener por esa energía que se está moviendo. Y esa energía debe ser activa y de alegría; es la única manera de hacerlo.

–¿Hay algo, algún tema con el cual no se metería en esto de hacer humor?

–No por ahora. Me parece que las ideas se disparan. Sí alguna vez se me ocurrió algo, o a Pedro, que podía confundir o que era un tema especialmente sensible. Pero, en definitiva, tampoco nos preocupa, porque siempre hay algo que está circulando por nosotros que es también la razón por la que hacemos el programa. Las ideas aparecen, no tienen algo preestablecido en un código ético o moral sobre dónde hay que meterse o dónde no. A nosotros nos resulta mejor pensar que hay algo que no nos divierte y hay algo que sí lo hace. Y después, sobre el límite ético y moral, sabemos que lo que decimos hoy, que puede doler, lo decimos en diez años y el resultado va a ser totalmente otro. Que el efecto, dicho hoy o dicho dentro de diez años, va a ser distinto, aunque sea tan fuerte en uno y otro momento. Probablemente puede sonar más legitimizado decirlo en un tiempo futuro y no ahora, pero no nos autocensuramos. Lo que prevalece en nosotros es ese espíritu de juego de convertirnos en otra cosa más agradable para nosotros y para el afuera. Pero es así: las ideas simplemente aparecen. Y sabemos que pueden ocasionar algún tipo de dificultad receptiva en algunos y en otros no. Pero nos metemos en cosas que tienen también su costado trágico o su lugar de desdicha. Uno hace humor a partir de eso para suavizarlo, para tomar distancia o para ser parte también de la desgracia y enfrentarla armado de otra manera. Como si uno pudiera, antes de morir, sonreírse y decir “bueno, ya sabía, ya sabía que me iba a morir”. Es como morirse con un poco de elegancia. Bueno, el humor quizás es eso: morirse con un poco más de elegancia.

–¿Cuáles son los temas nuevos de la banda para esta temporada?

–Hay muchos personajes nuevos que nunca adelanto de qué se tratan para que el espectador los descubra ahí. Me parece lo más interesante para el tipo que se sienta frente al televisor. Salvando las distancias, es como cuando te comprás un disco nuevo de Zappa: hay temas nuevos pero la voz de Zappa o el sonido de Zappa está en toda la novedad claramente identificable. La novedad de esta temporada y de todas las anteriores es que nos volvemos a reencontrar con el que tiene ganas de reencontrarse con nosotros. Después, en este “nuevo disco” que presentaremos mañana, hay temas nuevos que tienen ese espíritu y que probablemente para el escucha, en este caso para el espectador, pueda ser un “disco” mejor que el del año pasado. Y hay personajes nuevos porque es lo que nos motiva a hacer el programa cada año. Si no empezaran a aparecer esos personajes nuevos que a nosotros nos generen una primera risa, como si nunca hubiéramos hecho el programa, dejaríamos de hacerlo. Hacemos el programa cuando nosotros, todos, nos reímos como si no hubiese sido hecho el año pasado. Cuando estás todo el tiempo pensando que hiciste el programa el año pasado es porque hay algo que está incomodando. Cada juntada con Pedro, cada cosa nueva, el primer público que tiene es el resto de la gente que forma parte del programa. Esa gente a la que Pedro le cuenta lo que va a actuar. Empezamos a sentir lo que le pasa a otro y ese otro no es cualquiera, sino alguien que tiene pertenencia con la banda. Entonces hay algo de cierto juego, de cierto desmadre, pero también de solidez en cada rinconcito. Y eso nosotros lo celebramos. Solidez de saber que cuando salimos, salimos con un baúl lleno de cosas que estamos esperando abrir para que se conozcan.

–Esa solidez es, al fin de cuentas, laburo…

–Claro. Hace tres o cuatro meses que estamos laburando con Pedro. Y a los personajes nuevos les damos la bienvenida, aunque tengan el mismo espíritu.

–¿Hay un camino positivista en el humor? Por otro lado, ¿hay temas o personajes que la banda ya no quiere tocar más?

–Sí, eso sucede siempre. Pero no porque uno no quiera tocar más determinada canción, sino porque hay algo que irrumpió que ni siquiera reemplaza sino que viene a sumar. Hay ciertos personajes que, después de un par de años, cuando los volvemos a hacer, vuelven con una intensidad como si nunca hubiesen estado. Parece una pavada, pero vuelven a presentarse: “Hola, ¿te acordás de mí?”. Y si decimos sí, contestamos “sí, claro, cómo no me voy a acordar. Pasá”. Y después hay algunos personajes que tuvieron su ciclo y que son recordados para siempre. Si hay algo que no muere para uno son los personajes. Eso está bueno, sobre todo porque esos personajes son compartidos y vuelven en el otro. Por ahí no hacemos más a Beto Quantró, pero no lo hacemos más no por una especie de pose o de hecho estético, sino porque quizá para Pedro y para mí ya no tengamos nada para contar. Y nuestro impulso es ése que viene nuevo, como si entrara a la fiesta diciendo “me parece que esto se va a poner bueno”.