Federico Luppi y Susana Hornos se escuchan, se miran y se sonríen con la confianza y la calidez que únicamente dan los años. Es que son novios desde 1999, y tuvieron que pasar por un cúmulo de situaciones fuertes en todo este tiempo. Primero, la crisis económica que en 2001 se quedó con los ahorros de los argentinos y destruyó el país. En esa oportunidad, se fueron a vivir a Madrid, a “nacer de nuevo”, como dice el propio Federico. Luego de algunas visitas esporádicas a Argentina, en 2010 decidieron radicarse y trabajar aquí, aunque como también aclara el actor, “no es algo definitivo”. Podrían ir y volver de Argentina a España muchas veces, porque los dos países son sus casas.

Susana es española, más particularmente de Zaragoza, y sufre con las noticias que lee cada día de su país natal. En definitiva, la política es también un puente que la une con Federico. 

En la actualidad, la pareja sentimental es también pareja laboral. Desde hace pocas semanas, se suben al escenario los domingos y los lunes para representar, junto al joven Nehuén Zapata, “La noche del ángel”. Se trata de una pieza del italiano Furio Bordón, que aborda temas como el desamparo al que son sometidos tanto los niños como los adultos mayores y los límites del psicoanálisis para comprender el mundo en que vivimos. En esta entrevista con INFOnews, hablaron sobre la obra de teatro, los mundos íntimos a los que les permitió acceder y, por supuesto, de política.

INFOnews: ¿Cómo fue que decidieron irse a vivir a España en 2001?

Federico Luppi: En 2001, quedé en la vía. Cuando pude ahorrar, y podría haber hecho una diferencia en el sentido de empezar a trabajar menos, apareció un criminal sinvergüenza como Domingo Cavallo que le juntó la cabeza al país y usó la plata de los argentinos ahorristas para salvar la timba de los bancos y las financieras. Ese reverendo hijo de puta que está suelto, que aun no la ha pagado, determinó que lo que te enseñaban del ahorro y del trabajo era todo mentira. Lo que te enseñan en la escuela y la universidad de que tenés que trabajar y ahorrar son consejos dados por los chorros. Eso fue así y fuimos a España, como si fuéramos inmigrantes. Y ahí comenzamos de nuevo a armarnos para una vida cotidiana muy sencilla, muy dura…

Susana Hornos: Nuestro departamento en Madrid tenía 33 metros cuadrados, la cocina estaba en el pasillo. Además estaban mis padres que nos echaban una mano. La gente no entendía que viajáramos en metro o en colectivo, como acá no entienden que él tenga su SUBE (risas).

IN: ¿Y cómo ves al país en la actualidad?

FL: En España me juré no volver más, al punto que la primera vez que me fui pasé cuatro o cinco años sin volver. Estaba allá muy atento y vi que cuando asume Kirchner, a quien por supuesto no conocía, comencé a notar una cosa novedosa y extraña: un tipo que hacía lo que decía que iba a hacer. Cuando Cristina era senadora, ya vi que estaban empezando a cambiar las cosas de otra forma, que había una verbalización, una comunicación diferente a la que yo había escuchado toda mi vida. 

"Cavallo fue la expresión final del neoliberalismo ladrón y mentiroso. Habría que juzgarlo como un genocida".

IN: Y te parecía raro al principio...

FL: Me parecía raro y decía: “Esto no puede durar”. Toda la vida en Argentina escuché políticos que se limpiaban el traste con sus programas de gobierno, que se bajaban los pantalones, que mentían, que hacían alianzas espurias absolutamente malignas para el país… Eso lo vi toda la vida: desde Frondizi para adelante fue siempre así. Más los golpes militares, más una política partidista vieja, rancia, fofa, vacía, alejada de la realidad y el auténtico servicio que supuestamente prestaría un político. De pronto empecé a ver que había una posibilidad real, razonablemente real, de que las cosas fueron diferentes. Y efectivamente lo fueron. No tengo que ir a ningún tipo de yacimiento informativo para saber lo que ha sido la vida en este país: lo tengo inscripto muy, muy dentro mío en mi memoria. Te puedo recitar cada uno de los reverendos hijos de puta ministros de Economía que mintieron, robaron, decepcionaron y vendieron el país. Una banda de sinvergüenzas que han estado en el país durante 70 años hasta llegar a la aparición del reverendo hijo de puta de Cavallo, que fue solamente la expresión final, mortal, del típico neoliberalismo ladrón y mentiroso. Habría que juzgarlo como un genocida, directamente.

SH: En España están pasando cosas muy similares. Hace unos días, el periodista Carlos Carnicero escribió un artículo muy interesante sobre el nuevo sistema político español y habló de la implosión. Si sigue así, va a haber una implosión del sistema, porque ellos se están encargando de destruirlo desde adentro.

IN: ¿Tienen esperanza con respecto al futuro del país?

FL: Tengo esperanza y tengo mucha desconfianza, porque el nivel de violencia que genera esta oposición –y no solamente por los insultos o lo que dice la Bullrich (Patricia, diputada nacional), una recluta permanente de los desechos políticos- plantea componentes típicos de un golpe de Estado. Y yo creo que la violencia que están dando todos los días, con mentiras y descalificaciones que van desde la afirmación desvergonzada y cínica de Lavagna (Roberto, ex ministro de Economía) sobre el "fraude de las elecciones" en adelante… Es tanta la violencia que están implementando que temo, de verdad temo, que la solución de este conflicto entre el país que queremos y el país viejo se va a dar por medio de la violencia.

IN: ¿Cómo se podría evitar eso?

FL: Se podría evitar si la gente abre los ojos, si la gente joven abre los ojos y milita y defiende su vida. Mi vida quiere decir mi proyecto, mi salud, mi educación, mi dignidad. Si defienden eso, se puede evitar.

IN: ¿Y cómo ven a Mauricio Macri al frente de la Ciudad?

SH: Vivimos cerca del Hospital Rivadavia, con eso creo que ya esta todo dicho. Ha hecho un basural de un hospital que debería ser de excelencia.

Una pareja sobre tablas

IN: Hay algo que indudablemente te fascina de la obra, Compraste los derechos, la dirigís y la protagonizás. ¿Qué es lo que viste en este texto que te cautivó?

FL: Tenía los derechos hace mucho tiempo dando vueltas, después los perdí y el tiempo se me pasaba. Busqué gente para que la dirigiera y estaban todos con muchos proyectos, con mucho trabajo. Entonces me dije: “Si me dejo estar voy a perder los derechos de nuevo”. Tenía muy estudiada a la pieza, así que eso no fue un problema. Cómo éramos tres personajes, trabajamos con mucho aliento y muchas horas por día.

IN: La obra habla de la falta de afecto que hay en la sociedad contemporánea, en medio del apogeo de las tecnologías de la información.

FL: Eso es una cosa que el autor Bordón ha planteado en sus obras, en esta y en una que había leído antes que se llama “Las últimas Lunas”. Y él plantea que hay dos edades desprotegidas en el mundo entero: que son el chico y el viejo. Sea por lagunas legales, sea por la dinámica de una sociedad bastante caníbal y poco afecta al afecto. Entonces son dos edades en las que hay un castigo implícito: al chico lo ponen desde antes a que consuma y al hombre lo sacan rápido de la vida; tiene 50 o 60 y lo mandan a la casa. Y eso crea desajustes psicológicos muy, muy duros. El autor lo dice, y el propio Freud también: que se puede tener buen alimento, buen cobijo, una buena casa, pero si el chico crece sin afecto se tuerce como persona. Hay una carencia que se hace más notable a medida que pasa el tiempo. La pieza habla mucho de eso.