28 Years Later y una secuela marcada por el apocalipsis zombie de Trump
El nuevo film de la saga iniciada en 2002, El templo de los huesos, incorpora un nightmare team de villanos que parecen salidos de un spinoff de la era Trump. O de la era Milei.
"Estoy temiendo al rubio ahora, no sé a qué temeré después".
(Charly García, No bombardeen Buenos Aires, 1982)
El género de terror, cuando se lo plantea de forma lúcida, funciona como un espejo (¿deformante?) del vértigo social de la época. George Romero, el San Martín del género zombi, lo dejó claro en Night of the Living Dead (1968), con su lupa puesta en el conflicto racial, y también en sus secuelas, sobre todo en la enorme Dawn of the Dead (1978), donde el consumismo shopping center marca la trama. En ambos casos y en muchos más los muertos (vivos) funcionan como dispositivo conceptual para hablar de los vivos (muertos).
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Sin embargo, 28 Years Later: El templo de los huesos pone el pie en el embrague, cambia de marcha y enfila a la política gore de Donald Trump y su universo ominoso de ultraderecha al palo.
La atmósfera asfixiante y la imagen en modo granulado y urgente que definió al film original de esta saga (28 Days Later, 2002) a manos de Danny Boyle, vuelve en esta nueva entrega, que sin embargo desplaza como metatema al horror político por sobre el terror biológico y apela a un enemigo que siempre funciona y que en este caso sirve como fuente de links y referencias: los rubios.
En este caso quien se puso tras las cámaras fue la directora Nia Da Costa, que venía de conseguir el diploma de haber sido la realizadora más joven y primera afroamericana en dirigir para el Marvel Universe (The Marvels, 2023).
Ágil en la cámara pero con recursos que se amplían a un cine que reflexiona, la directora crea una atmósfera trágica por el contexto (una humanidad arrasada) pero, al fin de cuentas, paródica por sus usos y costumbres. El protagonista excluyente es el Dr. Kelson que vuelve a componer el cada día más multiversático Ralph Fiennes y que conecta con los dioses a través de la música de Durán Durán, aunque el rock and roll lo pone con Iron Maiden. Todas las cuentas dan 666, claro y ahí es donde se asoma la sombra del trumpismo y sus rubias bestias anarco-fascistas.
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Las almas rotas de la Britannia devastada, donde la supervivencia se mide en latas de comida y balas, emerge con los lúmpenes (los copitos de CABA, los vikingos de Washington) que el guion presenta como depredadores recreativos. Su caracterización visual es deliberada y potente: todos poseen cabelleras rubias, que brillan de manera incongruente entre la mugre y la selva apocalíptica.
La pandilla opera con una coreografía de la violencia que remite a los drogos de Alex DeLarge en A Clockwork Orange (Stanley Kubrick, 1971). Matan por el goce, por la imposición de la crueldad. Transitan la zona arrasada con impunidad de aristócratas rotos que convierten las ruinas de la humanidad en su patio de juegos. El pelo juega el rol de corona de impunidad. Como el del mandamás de Estados Unidos, como el del "Peluca" Milei en el reventado sur del continente americano.
La película ocupa el lugar de editorial político pero lejos de la parodia reconocible de Saturday Night Live o de los imitadores del magnate de Manhattan. Los personajes de la ficción, tal como sus doppelgänger de la política, carecen de cualquier rasgo de empatía, representan la radicalidad del "yo" (sin terapeutas a la vista), la validación de la fuerza bruta como única política y la deshumanización del otro como estandarte.
El film que promete estirar la franquicia zombie hasta lo imaginable funciona como una pieza de cine de género por sobre todas las cosas, pero, en un marco infame como el que nos rodea, su valor en términos conceptuales reside en la provocación simbólica. Y se agradece la apuesta.
