Amarga Navidad y un Almodóvar retrospectivo en primera persona
El realizador español quiere comenzar a escribir junto a otra persona, por lo que este puede ser el último film ciento por ciento Almodóvar. Leonardo Sbaraglia se luce como su alterego.
Volver a Almodóvar una y otra vez. Y volver gracias a que el tipo sigue pensando, sigue creando, escribiendo y filmando. Sigue siendo Pedro Almodóvar. Amarga Navidad, en ese marco, es el mejor Almodóvar que podemos encontrarnos en pantalla. Y quizá el último que llegue a los cines con un guion ciento por ciento escrito por él.
El realizador manchego acaba de estrenar su largometraje número 24 con una certeza que lo incomoda: el aislamiento de la página en blanco parece haber dejado de ser su refugio más placentero. Una condena que ya no es tan dulce.
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En Amarga Navidad, Almodóvar entrega una retrospectiva tan arbitraria como autocrítica. Si en Dolor y gloria (2019) Antonio Banderas prestaba el cuerpo para transitar los dolores y remordimientos del cineasta, aquí es Leonardo Sbaraglia quien asume el rol de su avatar bajo el nombre de Raúl Rosetti.
El actor argentino (que por primera vez jugó roles en el mundo almodovariano en la mencionada Dolor y Gloria) encarna a un guionista atrapado en un proceso de escritura accidentado y voraz, donde las historias paralelas que se registran en la pantalla no solo se complementan, sino que se vampirizan entre sí.
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En medio de este laberinto de obsesiones y textos que se autofagocitan, Almodóvar comanda también un viaje a algunos de sus clichés más juguetones. Quizá por eso la escena más larga del film esté dedicada por entero a un striptease: el de Bonifacio (Patrick Criado), pareja de Elsa, directora de publicidad que encarna Bárbara Lennie. Bombero de oficio pero performer por la noche, Bonifacio reclama con prepotencia de bulto su lugar como el auténtico chico Almodóvar de la función. Y de la vida de Elsa.
La secuencia transcurre en un club nocturno de poca monta, un espacio saturado de despedidas de soltera, chicas envueltas en guirnaldas y grititos de excitación. El despliegue linkea con la irrupción del destape de los años 80 en España, aquella primavera democrática de la que el realizador fue parte activa. Sin embargo, la película es un homenaje, más que al cine de aquellos años, a las temáticas de su autor. Es Almodóvar dialogando con su propia iconografía, rescatando carnes trémulas, laberintos de pasiones y leyes de los deseos. Lo lúdico como contraste de un presente que incluye ultraderecha, genocidio, odio.
Frente a la vitalidad festiva y ochentera del club, en paralelo lo que acontece es una mirada almodovariana trágica del universo femenino. Las mujeres que aquí vemos perder la salud mental, el deseo y las ganas de vivir parecen operar como epílogo de las desventuras de las otrora chicas Almodóvar. Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón terminaron rotas.
A través de la música de Chavela Vargas y las inevitables conexiones visuales con sus actrices fetiche (como Rossy de Palma o Bibi Andersen), el director repasa y toma lista. Las almas en carne viva (entre ellas la del autor) dominan el relato.
La relación conflictiva, por momentos violenta, entre Raúl y su editora, compuesta por Aitana Sánchez-Gijón, es la relación explosiva entre el director y su propia obra. Entre sí mismo y su presente, en el que empieza a preferir un compañero de escritura para no repetirse. Desde ese anclaje, Amarga Navidad puede verse como una despedida del Almodóvar que hemos conocido hasta aquí, como un epílogo de su filmografía escrita en solitario. Ave, Pedro.
