ALUCINEMA | cine francés | Les musiciens | música

El ego de los músicos ocupa mucho espacio

Al menos eso es lo que deja planteado el reciente largometraje del francés Gregory Magne, Les musiciens. Cuatro músicos y cuatro Stradivarius que por primera vez se ejecutan en simultáneo. En el medio, el ego.

Así como Les Parfums (2019) la trama servía de herramienta para explorar personalidades de procesión interna y heridas con baja cicatrización, el francés Gregory Magne presenta en su nuevo largometraje, Les musiciens (2025), un estudio de la condición humana a través de pequeñas miserias, envidias, frustraciones y megalomanía mal procesada. ¿La excusa? Dos violines, una viola y un violonchelo Stradivarius. Y también, de forma inevitable, hay historia de amor (¿algún film acaso no se trata de eso?).

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Con herramientas propias de la comedia francesa en términos de un clasicismo elaborado en las últimas décadas, el realizador evita caer en el melodrama habitual y opta por una narrativa clásica dentro del paradigma francés reciente, pero con vueltas de tuerca irónicas, donde el humor media entre el profesional de la música y el receptor/espectador, que, desde el lugar del neófito, se ríe de los lugares comunes de la élite académica.

El corazón conceptual de Les musiciens reside en la armonía. Mientras los protagonistas buscan la afinación exacta, sus vidas personales y profesionales se desenvuelven en el mar de la disonancia. Magne retoma aquí su obsesión por el narcisismo profesional, retratando cómo el prestigio asociado a un Stradivarius actúa como amplificador de inseguridades internas.

Sin embargo, el elemento que eleva la cinta por encima de lo convencional es la banda de sonido con firma de Gregoire Hetzel. El compositor, colaborador habitual de figuras como Arnaud Desplechin se encargó de una partitura que captura la esencia técnica de un cuarteto de cuerdas con sofisticación y estilo. Cada segmento es parte de una conversación amplia, cada nota aporta a un diálogo que va más allá del cuadro-contracuadro.

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Uno de los puntos más acertados del trabajo de Hetzel es el recurso de leimotivs asociados a la tensión entre los instrumentos (y los músicos), algo que refleja con fidelidad la lucha de poder de los antagonistas. El espectador asiste a una experiencia donde la teoría de la música se vuelve narrativa: la viola, a menudo relegada a un papel secundario, se convierte en el centro de la resistencia contra el ego dominante del primer violín, a cargo del más irritante de los participantes.

En la peícula los momentos de silencio son tan significativos como los fortissimos, lo que permite que en la platea se respire un poco entre chicana y chicana, entre la acidez de las relaciones interpersonales y los aguijones musicales/dialécticos. La comedia francesa puede sonar bien y lo hace, sin bronces ni estruendo pero sí con unabienvenida elegancia. Merci beaucoup.



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